
Aunque, a primera vista, este libro escrito por Antoine De Saint-Exupéry puede parecer infantil, tras su fácil lectura y sus sencillas palabras, se esconde un relato profundo y a la vez sencillo de la vida, de lo humano. Pero, sobre todo, nos hace recapacitar sobre nosotros mismos.
La historia comienza cuando Saint-Exupéry recuerda que, a los seis años, leyó un libro sobre la selva virgen en el que aparecía una lámina en la que se representaba a una boa comiéndose a un elefante.

Tras enseñar el dibujo a las personas mayores, se dio cuenta de que estos no sabían descifrarlo ya que todos decían que era un sombrero. A fin de que los adultos pudieran comprender lo que significaba, hizo un dibujo más simple.

Pero, igualmente, le dijeron que dejara de hacer cosas extrañas y que se dedicara a otras cosas más interesantes.
Años después, se hizo piloto de avión. En uno de sus viajes, mientras sobrevolaba el desierto del Sáhara, tuvo un problema con su avioneta que se dispuso a reparar. Al amanecer de ese día, tras haber dormido, el hombre escuchó una vocecita que le dijo:
-¡Por favor… píntame un cordero!
Esas palabras las pronuncia un muchachito que resulta ser el joven príncipe de un pequeño planeta no más grande que una casa. Como Saint-Exupéry no sabía dibujar más que dos cosas, rehizo el dibujo de la serpiente. Para su sorpresa, el principito le dice que no quiere que le pinte una boa comiéndose a un elefante, sino un cordero.
A partir de ahí, los dos desarrollarán una gran amistad en la que aprendemos que la imaginación de un niño hace que las cosas, a diferencia del adulto, no sean exactamente lo que se ve a primera vista. Es decir, y como aprende el principito: “Lo esencial es invisible para los ojos”.
De las conversaciones que el joven príncipe tiene con su rosa, con el zorro domesticado, con el rey, con el aviador, con el vanidoso etc., se descubren verdades que van más allá de un cuento para niños como el valor de la amistad o lo que vamos perdiendo con el paso del tiempo al hacernos adultos. Pero, sobre todo, nos invita a disfrutar de las cosas sencillas, como una puesta de sol de las que tanto gustaban al principito.
Marta Docampo